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Pinocho

Geppetto, un pobre tallador de madera anciano, estaba haciendo un títere de una rama de un árbol.

- Usted será mi niño, – dijo a la marioneta – , y te llamaré ‘Pinocho’ –

Trabajó durante horas, tallando cuidadosamente cada detalle. Cuando llegó a la boca, el títere comenzó a hacer muecas a Geppetto. – “¡No, niño travieso,” – Geppetto reprendió, – Deja de hacer eso de una vez! -

- No voy a parar! – gritó Pinocho.
- Usted puede hablar! – exclamó Geppetto.
- Por supuesto que puede, tonto – dijo la marioneta. – “Me has dado una boca para hablar.”

Pinocho se puso de pie y bailando sobre la mesa él gritó. – “Mira lo que puedo hacer!” -

- Pinocho, este no es el tiempo de bailar”, – explicó Geppetto – “Tienes que descansar por la noche. Mañana empezaras la escuela con niños reales. Aprenderás muchas cosas, incluyendo cómo se comportan”.

En su camino a la escuela en la mañana siguiente, Pinocho se detuvo a ver un espectáculo de títeres.

- Yo puedo bailar y cantar mejor que los títeres y no necesito cadenas “, – se jactó de Pinocho.

Subió al escenario.

- ¡Fuera de mi escenario – rugió el maestro de marionetas – Entonces se dio cuenta de lo mucho que la gente le gustaba Pinocho. Él no dijo nada y dejo que Pinocho se quedara.
- Pinocho, te has ganado cinco monedas de cobre. Toma estas monedas y vete directamente a tu casa – dijo el maestro de marionetas. Pinocho puso las monedas dentro de su saco.

Pinocho no fue muy lejos antes de encontrarse con un zorro cojo y un gato ciego. Sabiendo que Pinocho tenía dinero, pretendieron ser su amigo.

- Ven con nosotros. Vamos a enseñarle a su vez las piezas de cobre en oro-insistió el gato furtivo.

- Queremos ayudarle a ser rico. Planta de sus monedas debajo de este árbol mágico. En un par de horas se convertirán en oro – dijo el Zorro –

- Muéstrame dónde – dijo Pinocho con entusiasmo.

El gato y el zorro señalaron un pedazo de tierra suelta. Pinocho cavó un agujero y colocó el saco en el hueco, luego marcó el lugar con una piedra.

- ¡Espléndido! – exclamó el Gato – Ahora vamos a ir a la posada para la cena.

 

Después de la cena, el zorro y el gato, que en realidad no eran cojos o ciegos, rápidamente se coló lejos y se disfrazaron como ladrones. Se escondieron en el árbol esperando que Pinocho volviera para desenterrar el dinero. Después de que  Pinocho desenterró las monedas, el gato y el zorro se abalanzaron sobre él.

- Danos el dinero! – le ordenaron. Pero Pinocho coloco el saco de dinero entre sus dientes y se resistió a darles el saco a ellos. Una vez más le ordenaron – Danos el dinero! -

El hada guardián de Pinocho, que estaba vestida de azul y tenía el pelo azul, envió a su perro, Rufo, a perseguir a el zorro y el gato fuera del alcance de Pinocho.  Ella ordenó a Rufus que llevara a Pinocho a su castillo.

- Por favor, siéntense – dijo el hada a Pinocho.

Rufus mantiene un ojo abierto para ver lo que estaba pasando.

- ¿Por qué no fuiste hoy a la escuela? – preguntó el hada con una voz dulce

- Sí – contestó Pinocho -. En ese momento, su nariz salió disparado como una rama de un árbol. – ¿Qué pasa con mi nariz? – exclamó.

- Cada vez que dices una mentira, su nariz crecerá – contestó el hada – Cuando digas la verdad se reducirá – dijo el Hada Azul.

- Pinocho, sólo puede convertirse en un niño de verdad si aprendes a ser valiente, honesto y generoso -

 

El Hada Azul le dijo a Pinocho a fuera a su casa y no detenerse por ninguna razón. Pinocho trató de recordar lo que dijo el Hada Azul.

En el camino a su casa se encontró con algunos niños. – Ven con nosotros – dijeron los muchachos. – Sabemos de un lugar maravilloso lleno de juegos, tortas gigantes, muchos dulces, y los circos.-

Los niños no sabían que si eran malos, se convertirían en burros y entrenados para trabajar en el circo.

No pasó mucho tiempo antes de que los chicos comenzaran a convertirse en burros. – Eso es lo que le sucede a los niños malos – gruñó el maestro del circo a la vez que lo hizo saltar Pinocho a través de un aro.

Pinocho sólo podría crecer orejas de burro, los pies y la cola, porque era de madera. El maestro del circo no podía venderlo a cualquier circo. Lanzó a Pinocho en el mar. En el instante en que Pinocho golpea el agua, la cola de burro se le cayó, y sus propios oídos y los pies regresaron. El nadó durante un tiempo muy largo. Justo cuando él no podía nadar por más tiempo, fue tragado por una ballena grande. – Está oscuro aquí – dijo con miedo Pinocho.

Pinocho se mantuvo flotando en el fondo del estómago de la ballena. – ¿Quién es la luz? – preguntó Pinocho, a la vez que su voz hacía eco.

- Pinocho, ¿eres tú? – preguntó una voz cansada.
- Padre, que estás vivo! – Pinocho gritó de alegría. Él ya no sentía miedo. Pinocho, ayudó a Geppetto a construir una balsa lo suficientemente para que cupieran los dos. Cuando la balsa se terminó, Pinocho le hizo cosquillas a la ballena.
- Abrázame fuerte, Padre. Cuando la ballena estornude, él nos estornudara fuera de aquí! – gritó Pinocho.

Por fin en casa, Geppetto metió a Pinocho en su cama y le dijo; – Pinocho, hoy has sido  valiente, honesto y generoso. Tú eres mi hijo y Te amo -

Pinocho recordó lo que el Hada Azul le dijo; – Padre, ahora que me he probado mi valor, estoy esperando que algo suceda – susurró mientras se quedó dormida.

A la mañana siguiente Pinocho bajó corriendo las escaleras, saltando y agitando los brazos. El corrió a Geppetto gritando, – ¡Mira padre, yo soy un niño de verdad! -

 

http://www.childrenstory.info/childrenstories/pinocchio.html

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Las Aventuras De Peter Pan – Audio Cuento

Peter Pan and Wendy  at Disney WorldAudio Cuento

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¿De Qué Se Trata Este Cuento?

Tanto en la novela como en la obra teatral, Peter invita a la niña Wendy Darling al País de Nunca Jamás para que sea la madre de su pandilla de “los niños perdidos”. Sus hermanos John y Michael también la acompañan en su mágica aventura.

A lo largo de la historia se presentan diversas y numerosas anécdotas fabulosas, entre ellas cuando el hada Campanilla casi muere al ingerir un veneno, y una confrontación con el enemigo directo de Peter, el pirata Capitán Garfio.

Al final, Wendy decide que su verdadero espacio para vivir se encuentra en su hogar al lado de sus padres y por ello lleva a sus hermanos de regreso a Londres, mientras que Peter Pan se queda en Nunca Jamás, prometiendo a su compañera de juegos volver repetidamente a visitarla.
[editar] Personajes

  • Peter Pan

También llamado “El niño Maravilloso” o “El hijo único de Nunca Jamás”. Barrie postula que, antes de nacer, todos los bebés son aves, es aquí donde nace la imagen de Peter, un niño, que cuando era un bebé, salió volando por la ventana de su cuarto mientras su madre dormía a causa de que aún no había perdido la fe en que podía volar, aun creyendo ser ave voló directo y de regreso a los Jardines de Kensington donde está el lago de la serpentina que es donde se encuentra la isla de los pájaros, llamada también “Nunca Jamás”. Consiguió llegar volando hasta la isla y solo después de algún tiempo de congraciarse con los pájaros y especialmente con su líder Salomón consiguió que le fabricasen un nido para que lo pudiere usar de bote y así regresar a los Jardines todas las noches y tocar su flautín.

Es un niño de 13 años, pelo rubio, castaño y ojos verdes, aunque en los otros libros, sus ojos son azules. Es valiente, orgulloso y arrogante, en varios libros se habla que olvida fácilmente a personas o cosas que vio hasta un momento atrás.

Peter vuela hasta la ventana de los Darling, porque le gustaban los cuentos de Wendy, pero es la Sra. Darling Continue leyendo …

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Aladino y la Lámpara Maravillosa

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Aladino Y La Lámpara Maravillosa

Érase una vez una viuda que vivía con su hijo, Aladino. Un día, un misterioso extranjero ofreció al muchacho una moneda de plata a cambio de un pequeño favor y, como eran muy pobres, aceptó.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.

—Sígueme —respondió el misterioso extranjero.

El extranjero y Aladino se alejaron de la aldea en dirección al bosque, donde este último iba con frecuencia a jugar. Poco tiempo después se detuvieron delante de una estrecha entrada que conducía a una cueva en la que Aladino nunca antes había visto.

—¡No recuerdo haber visto esta cueva! —exclamó el joven—. ¿Siempre ha estado ahí?

El extranjero, sin responder a su pregunta, le dijo:

—Quiero que entres por esta abertura y me traigas mi vieja lámpara de aceite. Lo haría yo mismo si la entrada no fuera demasiado estrecha para mí.

—De acuerdo —dijo Aladino—, iré a buscarla.

—Algo más —agregó el extranjero—. No toques nada más, ¿me has entendido? Quiero únicamente que me traigas mi lámpara de aceite.

El tono de voz con que el extranjero le dijo esto último alarmó a Aladino. Por un momento pensó en huir, pero cambio de idea al recordar la moneda de plata y toda la comida que su madre podía comprar con ella.

—No se preocupe, le traeré su lámpara —dijo Aladino mientras se deslizaba por la estrecha abertura.

Una vez en el interior, Aladino vio una vieja lámpara de aceite que alumbraba débilmente la cueva. Cual no seria su sorpresa al descubrir un recinto cubierto de monedas de oro y piedras preciosas.

«Si el extranjero solo quiere su vieja lámpara —pensó Aladino—, o está loco o es un brujo. Hmm, ¡tengo la impresión de que no está loco! ¡Entonces es un …!».

—¡La lámpara! ¡Tráemela inmediatamente! —gritó el brujo impaciente.

—De acuerdo, pero primero déjeme salir —repuso Aladino mientras comenzaba a deslizarse por la abertura.

—¡No! ¡Primero dame la lámpara! —exigió el brujo cerrándole el paso.

—¡No! —se negó Aladino.

—¡Peor para ti! —exclamó el brujo empujándolo nuevamente dentro de la cueva. Pero al hacerlo perdió el anillo que llevaba en el dedo, el cual rodó hasta los pies de Aladino.

En ese momento se oyó un fuerte ruido. Era el brujo que hacia rodar una roca para bloquear la entrada de la cueva.

Una oscuridad profunda invadió el lugar y Aladino tuvo miedo. ¿Se quedaría atrapado allí para siempre? Sin pensarlo, recogió el anillo y se lo puso en el dedo. Mientras pensaba en la forma de escaparse, distraídamente le daba vueltas y vueltas.

De repente, la cueva se lleno de una intensa luz rosada y un genio sonriente apareció.

—Soy el genio del anillo. ¿Qué deseas, mi señor?

Aladino aturdido ante la aparición, solo acertó a balbucear:

—Quiero regresar a casa.

Instantáneamente Aladino se encontró en su casa con la vieja lámpara de aceite entre las manos.

Emocionado, el joven narró a su madre lo sucedido y le entregó la lámpara.

—Bueno, no es una moneda de plata, pero voy a limpiarla y podremos usarla.

Y la estaba frotando cuando, de improviso, otro genio aún más grande que el primero apareció.

—Soy el genio de la lámpara. ¿Qué deseas?

La madre de Aladino contemplando aquella extraña aparición sin atreverse a pronunciar una sola palabra. Aladino sonriendo murmuró:

—¿Por qué no una deliciosa comida acompañada de un gran postre?

Inmediatamente, aparecieron delante de ellos fuentes llenas de exquisitos manjares. Aladino y su madre comieron muy bien ese día y, a partir de entonces, todos los días durante muchos años.

Aladino creció y se convirtió en un joven apuesto, y su madre no tuvo necesidad de trabajar para otros. Se contentaban con muy poco y el genio se encargaba de suplir todas sus necesidades.

Un día, cuando Aladino se dirigía al mercado, vio a la hija del Sultán que se paseaba en su litera. Una sola mirada le bastó para quedar locamente enamorado de ella. Inmediatamente corrió a su casa para contárselo a su madre:

—¡Madre, éste es el día más feliz de mi vida! Acabo de ver a la mujer con la que quiero casarme.

—Iré a ver al Sultán y le pediré para ti la mano de su hija, Halima —dijo ella.

Como era costumbre llevar un presente al Sultán, pidieron al genio un cofre de hermosas joyas. Aunque muy impresionado por el presente el Sultán preguntó:

—¿Cómo puedo saber si tu hijo es lo suficientemente rico como para velar por el bienestar de mi hija? Dile a Aladino que, para demostrar su riqueza, debe enviarme cuarenta caballos de pura sangre cargados con cuarenta cofres llenos de piedras preciosas y cuarenta guerreros para escoltarlos.

La madre desconsolada, regreso a casa con el mensaje.

—¿Dónde podemos encontrar todo lo que exige el Sultán? —preguntó a su hijo.

—Tal vez el genio de la lámpara pueda ayudarnos —contestó Aladino. Como de costumbre, el genio sonrió e inmediatamente obedeció las órdenes de Aladino.

Instantáneamente, aparecieron cuarenta briosos caballos cargados con cofres llenos de zafiros y esmeraldas. Esperando impacientes las órdenes de Aladino, cuarenta jinetes ataviados con blancos turbantes y anchas cimitarras, montaban a caballo.

—¡Al palacio del Sultán! —ordenó Aladino.

El Sultán muy complacido con tan magnifico regalo, se dio cuenta de que el joven estaba determinado a obtener la mano de su hija. Poco tiempo después, Aladino y Halima se casaron y el joven hizo construir un hermoso palacio próximo al del Sultán (con la ayuda del genio, claro está).

El Sultán se sentía orgulloso de su yerno y Halima estaba muy enamorada de su esposo, que era atento y generoso.

Pero la felicidad de la pareja fue interrumpida el día en que el malvado brujo regresó a la ciudad disfrazado de mercader.

—¡Cambio lámparas viejas por nuevas! —pregonaba. Las mujeres cambiaban felices sus lámparas viejas.

—¡Aquí! —llamó Halima—. Tome la mía también —entregándole la lámpara del genio.

Aladino nunca había confiado a Halima el secreto de la lámpara y ahora era demasiado tarde.

El brujo froto la lámpara y dio una orden al genio. En una fracción de segundos, Halima y el palacio subieron muy alto por el aire y fueron llevados a la tierra lejana del brujo.

—¡Ahora serás mi mujer! —le dijo el brujo con una estruendosa carcajada. La pobre Halima, viéndose a la merced del brujo, lloraba amargamente.

Cuando Aladino regresó, vió que su palacio y todo lo que amaba habían desaparecido.

Entonces, acordándose del anillo, le dio tres vueltas.

—Gran genio del anillo, dime, ¿que sucedió con mi esposa y mi palacio? —preguntó.

—El brujo que te empujó al interior de la cueva hace algunos años regresó, mi amo, y se llevó con él tu palacio, tu esposa y la lámpara —respondió el genio.

—Tráemelos de regreso inmediatamente —pidió Aladino.

—Lo siento, amo, mi poder no es suficiente para traerlos. Pero puedo llevarte hasta donde se encuentran.

Poco después, Aladino se encontraba entre los muros del palacio del brujo. Atravesó silenciosamente las habitaciones hasta encontrar a Halima. Al verla, la estrechó entre sus brazos mientras ella trataba de explicarle todo lo que le había sucedido.

—¡Shhh! No digas una palabra hasta que encontremos una forma de escapar —susurró Aladino. Juntos trazaron un plan. Halima debía encontrar la manera de envenenar al brujo. El genio del anillo les proporciono el veneno.

Esa noche, Halima sirvió la cena y sirvió el veneno en una copa de vino que le ofreció al brujo.

Sin quitarle los ojos de encima, esperó a que se tomara hasta la última gota. Casi inmediatamente éste se desplomó inerte.

Aladino entró presuroso a la habitación, tomó la lámpara que se encontraba en el bolsillo del brujo y la frotó con fuerza.

—¡Cómo me alegro de verte, mi buen Amo! —dijo sonriendo—. ¿Podemos regresar ahora?

—¡Al instante! —respondió Aladino, y el palacio se elevó por el aire y flotó suavemente hasta el reino del Sultán.

El Sultán y la madre de Aladino estaban felices de ver de nuevo a sus hijos. Una gran fiesta fue organizada, a la cual fueron invitados todos los súbditos del reino para festejar el regreso de la joven pareja.

Aladino y Halima vivieron felices y sus sonrisas aún se pueden ver cada vez que alguien hace brillar una vieja lámpara de aceite.
Título: Aladino y la lámpara maravillosa
Autor: Anónimo

Sinopsis:

Aladino es un joven humilde que vive con su madre viuda. Un ambicioso mago, que busca la forma de apoderarse de una legendaria lámpara mágica, persuade a Aladino para que le ayude a conseguirla. Pero será Aladino quien se quede con ella, consiguiendo por medio de su poder adquirir la riqueza suficiente para poder casarse con la hija del sultán, de la que estaba enamorado. Sin embargo, el mago no se resistió a perder la lámpara, y bajo una treta, la recuperó. Aladino lo hubiera perdido todo si no fuera por la ayuda del genio del anillo.
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La Liebre Y La Tortuga

cuento infantil - la liebre y la tortuga

Audio Cuento

Escuche el relato del cuento infantil, La Liebre y La Tortuga apretando “play”. Audio cuentos son magníficos para la hora de dormir de sus niños.

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La Liebre Y La Tortuga

Cierto día una liebre se burlaba de las cortas patas y de la lentitud al caminar de una tortuga. Pero ésta, riéndose, le replicó:

—Puede que seas veloz como el viento, pero yo te ganaría en una carrera.

Y la liebre, totalmente segura de que aquello era imposible, aceptó el reto, y propusieron a la zorra que señalara el camino y la meta.

Llegado el día de la carrera, arrancaron ambas al mismo tiempo. La tortuga nunca dejó de caminar y a su lento paso pero constante, avanzaba tranquila hacia la meta. En cambio, la liebre, que a ratos se echaba a descansar en el camino, se quedó dormida. Cuando despertó, y corriendo lo más velozmente que pudo, vio cómo la tortuga había llegado a la meta y obtenido la victoria.

Con seguridad, constancia y paciencia, aunque a veces parezcamos lentos, obtendremos siempre el éxito.

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La Bella Durmiente – Audio Cuento

Sleeping Beauty

Introducción

La Bella Durmiente es un cuento de hadas popular europeo nacido de la tradición oral, las versiones más conocidas son las escritas por Charles Perrault en su libro “Cuentos de Mamá Ganso” publicado en 1697: “Belle au Bois Dormant” (La Bella Durmiente del Bosque) y la de los Hermanos Grimm: “Dornröschen” (Bella Durmiente).

Se ha señalado que en la Saga Volsunga ya se encuentra el germen de este relato, en el episodio en que Sigurd deja a Brunilda (Brynhild) prometiéndole regresar para casarse con ella.

Audio Cuento

Escuche el audio cuentos aqui.

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La Bella Durmiente

Hubo una vez un rey y una reina que deseaban mucho tener hijos. Después de un largo tiempo, la Reina dio a luz una niña. Era tanta su alegría que el Rey anunció una gran fiesta para el bautizo. Como madrinas de la pequeña Princesa invitaron a todas las hadas que hallaron en el reino, un total de siete.

El Rey preparó para cada hada, de regalo, un cofrecillo hecho en oro, rubíes y diamantes.

Las hadas en agradecimiento otorgaron a la pequeña princesa un don cada una.

  1. ¡Serás la más bella de todas las doncellas!
  2. ¡Tendrás la bondad de un ángel!
  3. ¡La gracia de una gacela!
  4. ¡Bailarás con toda perfección!
  5. ¡Cantarás como un ruiseñor!
  6. ¡Tocarás todos los instrumentos musicales de maravillas!

De pronto, una mujer entró en la sala. ¡Oh! ¡Era el hada malvada, perdida desde hacía tiempo!

- ¡Se han olvidado de mí! – dijo muy furiosa, y lanzó un hechizo contra la Princesa: – ¡ El día de tu cumpleaños número dieciséis te pincharás con una aguja y morirás!

La última de las hadas buenas, que aún no había dado su regalo, dijo con, voz dulce: – Majestades, vuestra hija se pinchará el dedo con una aguja, pero no morirá. Dormirá profundamente y pasados cien años un príncipe la despertará.

El rey, asustado, ordenó que se destruyeran todas las agujas del reino.

Pasaron así quince o dieciséis años sin que nada ocurriese… hasta que un día la Princesa, paseando por el gran castillo, descubrió una pequeña habitación. Allí el hada malvada, disfrazada de anciana, cosía con aguja e hilo… – ¡Nunca vi nada igual a esto! – exclamó la princesita tomando una de las agujas.

Entonces… ¡Se pinchó en el dedo, tal como había predicho el hada malvada! Al instante, la princesita cayó al suelo y quedó profundamente dormida.

El Rey, desconsolado, trasladó a la bella Princesa y la a acostó en su hermoso lecho de oro y plata. Enseguida, mandó llamar al hada buena que, al ver la gran tristeza de todos los habitantes del castillo, dijo al rey: – Majestad: para que nuestra Princesa no se encuentre sola en el sueño, dormirán todos, y no despertarán hasta que termine el largo sueño de ella.

Tras haber pronunciado estas palabras, todos en el castillo cayeron dormidos. A partir de aquel momento, un bosque mágico cubrió el castillo.

Y así pasaron cien años hasta que un apuesto príncipe, montado en su corcel, paso cerca del lugar. Entonces, como por ensalmo, el caballo se detuvo. Tan pronto como desmontó el Príncipe, el bosque impenetrable se abrió ante sus ojos y vio el castillo. El Príncipe, intrigado, entró en aquel lugar, donde todo el mundo parecía dormir.

Cuando llegó al magnífico lecho de oro y plata, la hermosa Princesa dormía. Asombrado por su belleza, se inclinó y posó suavemente sus labios sobre las rosadas mejillas de la hermosa joven.

¡La bella Princesa despertó; Y con ella también despertaron todos los habitantes del castillo!.

¡Todos comenzaron a bailar de alegría! Al día siguiente, los festejos terminaron con una gran boda que unió para siempre a la Princesa y el apuesto Príncipe enamorados.

Referencia

http://es.wikipedia.org/wiki/La_bella_durmiente

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Viajes De Gulliver

cuentos infantiles - viajes de gulliver

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Durante muchos días, el hermoso velero en el que viajaba Gulliver había navegado plácidamente hasta que, al aventurarse por las aguas de las Indias Orientales, una violentísima tempestad empezó a zarandear el barco como si fuera una cascara de nuez. Impresionantes olas barrían la cubierta y abatían los mástiles con sus velas. Al llegar la noche, una gigantesca ola levantó el barco por la parte de popa y lo lanzó de proa contra el hirviente remolino entre un espantoso crujir de maderas y los gritos de los hombres.

-¡Sálvese quien pueda! – Gritó el capitán.

No hubo ni tiempo de arrojar los botes al agua y cada uno trató de ponerse a salvo alejándose del barco que se hundía por momentos.

Empujado por el viento, cegado por la espuma, Gulliver nadaba en medio de las tinieblas. Pasaba el tiempo y la fatiga hacía presa en él.

“Mis fuerzas se agotan”, pensaba; “no podré resistir mucho”

De pronto, notó que su pie chocaba contra algo firme. Unas brazadas más y se encontró en una playa.

- ¡Estoy salvado! – murmuró con sus últimas fuerzas, antes de dejarse caer sobre la arena. Al punto, se quedó profunda y plácidamente dormido.

Él no podía saber que había llegado a Liliput, el país donde los hombres, los animales y las plantas eran diminutos. Por otra parte, no había tenido tiempo de ver nada ni a nadie. En cambio, los vigías de ese reino sí le vieron a él y corrieron a la ciudad para dar la voz de alarma.

- ¡Ha llegado un gigante!

Inmediatamente todas las gentes de Liliput se encaminaron hacia la playa, no sin temor. Llegaban despacito y, desde lejos curioseaban al grandullón.

- Tenemos que impedir que nos ataque – dijo un leñador-. ¡Vayamos a por cuerdas para atarle!

En medio de una frenética actividad, todos se dedicaron al acarreo de estacas y cuerdas. Luego rodearon a Gulliver y empezaron a clavar las estacas en la arena con gran habilidad. Seguidamente, treparon sobre su cuerpo y fueron realizando un trenzado de cuerdas habilidoso y práctico, sujetando las cuerdas en las estacas.

El sol había empezado a calentar cuando un viejecito que se apoyaba en un diminuto bastón, toco sin querer la nariz del prisionero, que estornudó aparatosamente.

¡Que conmoción! Muchos hombres salieron despedidos, otros emprendieron la huida. Gulliver notó que delgadas cuerdas lo sujetaban y sintió algo que le pasaba sobre el pecho; dirigió la mirada hacia abajo y descubrió una diminuta criatura con arco y flecha en las manos y un carcaj a la espalda. No menos de otros cuarenta seres similares corrían por su cuerpo.

En su prisa por huir, algunos rodaron y se hicieron numerosos coscorrones. Muertos de miedo, los liliputienses fueron a esconderse tras las rocas, los árboles o en las madrigueras.

- ¿Qué es esto? – exclamó el náufrago-. ¿Quién me ha hecho prisionero?

Sin más que un pequeño esfuerzo se incorporó, haciendo saltar las cuerdas. Y al observar de reojo el temor con que se le contemplaba, fue incapaz de contener la risa.

Quizá porque le vieron reír y porque no se levantaba, los liliputienses avanzaron un poquito hacia el extraño visitante.

- Acercaos, no soy ningún ogro – dijo Gulliver.

Pero se dio cuenta de que no le entendían y fue probando con los muchos idiomas que conocía hasta acertar con el utilizado en Liliput.

- Hola amigos…

Los liliputienses vieron en estas dos palabras buena voluntad y se acercaron un poco más. Por otra parte, como jamás habían visto gigante alguno, tampoco querían perderse el acontecimiento.

Pero el náufrago estaba hambriento y, con su mejor sonrisa, dijo:

- Amigos, os agradecería que me trajerais algo de comer.

Un poco por la sonrisa y otro poco porque les convenía conquistar su favor, los hombrecillos le aseguraron que iba a estar muy bien servido. Con gran presteza le presentaron una opípara comida. Cierto que los bueyes de Liliput eran como gorriones para el visitante y necesitó unos pocos para saciar su apetito. En cuanto a los barriles de vino, se le antojaban dedales e iba despachando cuantos le servían con la mayor facilidad.

Mientras comía, los liliputienses se dedicaron a contarle su vida y milagros. Supo el viajero que estaban gobernados por Lilipín I, rey justo y bueno y que por aquellos días se hallaban en guerra con los enanos del país vecino. Esta situación les afligía mucho.

- ¡Mirad! – Anunció un enano pelirrojo. Ahí llegan Sus Majestades.

En efecto, los monarcas, rodeados de toda su corte, se acercaban deferentes, tras abandonar su lindo carruaje en el que llegaron, curiosamente arrastrado por seis ratones blancos.

La reverencia con que Gulliver recibió a los soberanos agradó mucho al rey Lilipín y extasió a la reina Lilipina. Pronto el rey y el viajero entablaron una animada conversación.

Descubrió Gulliver que el monarca era inteligente, pues le habló de las máquinas que usaban para cortar árboles y arrastrar la madera, y de otros ingenios muy interesantes. También Lilipín descubrió la valía del viajero.

- Veo que posees una gran inteligencia, Gulliver, y espero que te agrade el favor que mis súbditos te dispensan. Todos deseamos que te encuentres en Liliput como en tu propia casa.

- Estoy muy agradecido, Majestad – respondió Gulliver, inclinándose.

- Ejem… Si alguien atacara tu casa la defenderías. ¿No es así?

- Así es, Majestad, pero… no os comprendo…

Entonces el soberano, con aire doliente, explicó al visitante el problema que le había caído encima a causa de su guerra con los enanos del país vecino. Y como Gulliver había cobrado simpatía a los liliputienses, replicó:

-En este momento me considero en mi casa, señor; por lo tanto, voy a defenderla. ¿Dónde están los enemigos de Liliput, que desde ahora lo son míos?

En ese momento, a galope de un caballo diminuto, se presentó un despavorido mensajero.

-¡Majestad! – anunció, casi sin aliento-. ¡Sucede algo espantoso! La flota enemiga se está acercando a nuestra isla, dispuesta a atacarnos.

El rey y Gulliver seguidos de algunos cortesanos, subieron a un montecillo desde el que se divisaba el horizonte; sobre las olas pudieron descubrir cientos y cientos de diminutos barcos, muy bien pertrechados, rumbo a Liliput.

- ¡No podremos hacerles frente! – se lamentaban los liliputienses.

- ¡Acabarán con todos nosotros!

Gulliver, sereno y arrogante, dijo:

- Tranquilos, amigos; permitid que sea yo quien reciba a la flota. Os aseguro que van a conocer la derrota. Y ahora id a refugiaos en el bosque y dejadme solo.

Ante el asombro general, le vieron entrar en el agua y, sin mas que alargar los brazos, fue apoderándose de los barcos enemigos con sus enormes manos. Enseguida empezó a repartir los barcos por sus ropas, como su fueran avellanas, con sus guerreros dentro. Se llenó los bolsillos y, los que sobraron, los colgó de los botones de su levita y hasta puso alguno en los lazos de los zapatos. Regresó luego a la playa y fue colocando los barquitos en hilera. Bien dispuestos ya y plantado ante ellos, Gulliver exigió:

- ¡Ríndanse si no quieren perecer!

Naturalmente, más muertos que vivos, los enemigos de Liliput se rindieron como un solo hombre.

Viendo tamaña maravilla, después de lo mucho que aquella guerra le había hecho sufrir, Lilipín I, con la voz rota de la emoción, gritó:

- ¡Viva el gran héroe Gulliver!

Las gentes, delirantes de entusiasmo, atronaron la playa con sus aclamaciones. Los más ancianos abrazaban a sus hijos, que ya no tendrían que enzarzarse en guerras, puesto que el enemigo estaba vencido. Las mujeres lloraban y reían a un tiempo.

Seguidamente, en medio de un gran ceremonial, el soberano nombró a Gulliver generalísimo de sus ejércitos.

- Agradezco el honor, Majestad, pero creo que no vais a necesitar más generales. El enemigo está vencido y espero que vuestras guerras hayan terminado para siempre.

- ¿Y que importan las guerras teniéndote a tí como aliado? – replicó el monarca, un tanto fanfarrón.

- Sólo seré vuestro aliado si devolvéis la libertad a los prisioneros. Su rey os dará palabra de no volver a atacaros.

Así sucedió y los dos monarcas firmaron una paz duradera y hasta intercambiaron regalos. Luego, el propio Gulliver puso los barquitos en el agua, con sus tripulaciones dentro y despidió la flota vencida agitando su mano.

- Es un poco raro el gigante – pensaba el rey Lilipín I, sin comprender del todo tanta generosidad.

- ¡Qué gesto tan elegante! – dijo Lilipina con un largo suspiro, aludiendo a la generosidad del vencedor.

Honrado, aclamado y querido, Gulliver pasó en Liliput varios años. El pueblo entero había colaborado en construirle una gran casa con todas las comodidades. Sin embargo, el viajero sentía nostalgia de su patria y de su familia. Por otra parte, comprendía que con él allí, las provisiones de los liliputienses corrían el peligro de acabarse, pues comía el solo tanto como el país entero.

Un día le habló al monarca con toda sinceridad, manifestando su nostalgia.

- ¡Oh, como siento que no quieras quedarte para siempre, Gulliver!

La reina Lilipina, que era aguda, preguntó con una sonrisa:

- ¿Te irás andando, Gulliver?

- Sabéis que eso es imposible, señora. Pero algún día puede llegar un barco…

Con frecuencia atisbaba el horizonte desde un montículo y cierto día apareció el ansiado barco no lejos de la costa y el viajero le hizo señales para que se aproximara.

El velero se acercó a la playa y Gulliver se despidió de sus amigos.

Los reyes y el pueblo entero le entregaron regalos, todos diminutos, pero muy apreciados por el viajero. Con verdadero afecto estuvieron en la playa, agitando sus manos, hasta que vieron la silueta graciosa del velero perderse en la lejana bruma

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Los Tres Cerditos

Three goosy pets pig

Audio Cuento

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Lectura (versión corta)

En el corazón del bosque vivían tres cerditos que eran hermanos. El lobo siempre andaba persiguiéndoles para comérselos. Para escapar del lobo, los cerditos decidieron hacerse una casa. El pequeño la hizo de paja, para acabar antes y poder irse a jugar.

El mediano construyó una casita de madera. Al ver que su hermano pequeño había terminado ya, se dio prisa para irse a jugar con él.

El mayor trabajaba en su casa de ladrillo.

- Ya veréis lo que hace el lobo con vuestras casas- riñó a sus hermanos mientras éstos se lo pasaban en grande.

El lobo salió detrás del cerdito pequeño y él corrió hasta su casita de paja, pero el lobo sopló y sopló y la casita de paja derrumbó.

El lobo persiguió también al cerdito por el bosque, que corrió a refugiarse en casa de su hermano mediano. Pero el lobo sopló y sopló y la casita de madera derribó. Los dos cerditos salieron pitando de allí.

Casi sin aliento, con el lobo pegado a sus talones, llegaron a la casa del hermano mayor.

Los tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y ventanas. El lobo se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea. Pero el cerdito mayor puso al fuego una olla con agua. El lobo comilón descendió por el interior de la chimenea, pero cayó sobre el agua hirviendo y se escaldó.

Escapó de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer cerdito.

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Purgarcito

Tomcio Paluch


Había una vez un pobre campesino. Una noche se encontraba sentado, atizando el fuego, y su esposa hilaba sentada junto a él, a la vez que lamentaban el hallarse en un hogar sin niños.

—¡Qué triste es que no tengamos hijos! —dijo él—. En esta casa siempre hay silencio, mientras que en los demás hogares todo es alegría y bullicio de criaturas.

—¡Es verdad! —contestó la mujer suspirando—.Si por lo menos tuviéramos uno, aunque fuera muy pequeño y no mayor que el pulgar, seríamos felices y lo amaríamos con todo el corazón.

Y ocurrió que el deseo se cumplió.

Resultó que al poco tiempo la mujer se sintió enferma y, después de siete meses, trajo al mundo un niño bien proporcionado en todo, pero no más grande que un dedo pulgar.

—Es tal como lo habíamos deseado —dijo—. Va a ser nuestro querido hijo, nuestro pequeño.

Y debido a su tamaño lo llamaron Pulgarcito. No le escatimaban la comida, pero el niño no crecía y se quedó tal como era cuando nació. Sin embargo, tenía ojos muy vivos y pronto dio muestras de ser muy inteligente, logrando todo lo que se proponía.

Un día, el campesino se aprestaba a ir al bosque a cortar leña.

—Ojalá tuviera a alguien para conducir la carreta —dijo en voz baja.

—¡Oh, padre! —exclamó Pulgarcito— ¡yo me haré cargo! ¡Cuenta conmigo! La carreta llegará a tiempo al bosque.

El hombre se echó a reír y dijo:

—¿Cómo podría ser eso? Eres muy pequeño para conducir el caballo con las riendas.

—¡Eso no importa, padre! Tan pronto como mi madre lo enganche, yo me pondré en la oreja del caballo y le gritaré por dónde debe ir.

—¡Está bien! —contestó el padre, probaremos una vez.

Cuando llegó la hora, la madre enganchó la carreta y colocó a Pulgarcito en la oreja del caballo, donde el pequeño se puso a gritarle por dónde debía ir, tan pronto con “¡Hejjj!â€, como un “¡Arre!â€. Todo fue tan bien como con un conductor y la carreta fue derecho hasta el bosque. Sucedió que, justo en el momento que rodeaba un matorral y que el pequeño iba gritando “¡Arre! ¡Arre!†, dos extraños pasaban por ahí.

—¡Cómo es eso! —dijo uno— ¿Qué es lo que pasa? La carreta rueda, alguien conduce el caballo y sin embargo no se ve a nadie.

—Todo es muy extraño —asintió el otro—. Seguiremos la carreta para ver en dónde se para.

La carreta se internó en pleno bosque y llegó justo al sitio sonde estaba la leña cortada. Cuando Pulgarcito divisó a su padre, le gritó:

—Ya ves, padre, ya llegué con la carreta. Ahora, bájame del caballo.

El padre tomó las riendas con la mano izquierda y con la derecha sacó a su hijo de la oreja del caballo, quien feliz se sentó sobre una brizna de hierba. Cuando los dos extraños divisaron a Pulgarcito quedaron tan sorprendidos que no supieron qué decir. Uno y otro se escondieron y se dijeron entre ellos:

—Oye, ese pequeño valiente bien podría hacer nuestra fortuna si lo exhibimos en la ciudad a cambio de dinero. Debemos comprarlo.

Se dirigieron al campesino y le dijeron:

—Véndenos ese hombrecito; estará muy bien con nosotros.

—No —respondió el padre— es mi hijo querido y no lo vendería por todo el oro del mundo.

Pero al oír esta propuesta, Pulgarcito se trepó por los pliegues de las ropas de su padre, se colocó sobre su hombro y le dijo al oído:

—Padre, véndeme; sabré cómo regresar a casa.

Entonces, el padre lo entregó a los dos hombres a cambio de una buena cantidad de dinero.

—¿En dónde quieres sentarte? —le preguntaron.

—¡Ah!, pónganme sobre el ala de su sombrero; ahí podré pasearme a lo largo y a lo ancho, disfrutando del paisaje y no me caeré.

Cumplieron su deseo, y cuando Pulgarcito se hubo despedido de su padre se pusieron todos en camino. Viajaron hasta que anocheció y Pulgarcito dijo entonces:

—Bájenme al suelo, tengo necesidad.

—No, quédate ahí arriba —le contestó el que lo llevaba en su cabeza—. No me importa. Las aves también me dejan caer a menudo algo encima.

—No —respondió Pulgarcito—, sé lo que les conviene. Bájenme rápido.

El hombre tomó de su sombrero a Pulgarcito y lo posó en un campo al borde del camino. Por un momento dio saltitos entre los terrones de tierra y, de repente, enfiló hacia un agujero de ratón que había localizado.

—¡Buenas noches, señores, sigan sin mí! —les gritó en tono burlón.

Acudieron prontamente y rebuscaron con sus bastones en la madriguera del ratón, pero su esfuerzo fue inútil. Pulgarcito se introducía cada vez más profundo y como la oscuridad no tardó en hacerse total, se vieron obligados a regresar, burlados y con la bolsa vacía. Cuando Pulgarcito se dio cuenta de que se habían marchado, salió de su escondite.

“Es peligroso atravesar estos campos de noche, cuando más peligros acechanâ€, pensó, “se puede uno fácilmente caer o lastimarâ€.

Felizmente, encontró una concha vacía de caracol.

—¡Gracias a Dios! —exclamó—, ahí dentro podré pasar la noche con tranquilidad; y ahí se introdujo. Un momento después, cuando estaba a punto de dormirse, oyó pasar a dos hombres, uno de ellos decía:

—¿Cómo haremos para robarle al cura adinerado todo su oro y su dinero?

—¡Yo bien podría decírtelo! —se puso a gritar Pulgarcito.

—¿Qué es esto? —dijo uno de los espantados ladrones, he oído hablar a alguien.

Pararon para escuchar y Pulgarcito insistió:

—Llévenme con ustedes, yo los ayudaré.

—¿En dónde estás?

—Busquen aquí, en el piso; fíjense de dónde viene la voz —contestó.

Por fin los ladrones lo encontraron y lo alzaron.

—A ver, pequeño valiente, ¿cómo pretendes ayudarnos?

—¡Eh!, yo me deslizaré entre los barrotes de la ventana de la habitación del cura y les iré pasando todo cuanto quieran.

—¡Está bien! Veremos qué sabes hacer.

Cuando llegaron a la casa, Pulgarcito se deslizó en la habitación y se puso a gritar con todas sus fuerzas.

—¿Quieren todo lo que hay aquí?

Los ladrones se estremecieron y le dijeron:

—Baja la voz para no despertar a nadie.

Pero Pulgarcito hizo como si no entendiera y continuó gritando:

—¿Qué quieren? ¿Les hace falta todo lo que aquí?

La cocinera, quien dormía en la habitación de al lado, oyó estos gritos, se irguió en su cama y escuchó, pero los ladrones asustados se habían alejado un poco. Por fin recobraron el valor diciéndose:

—Ese hombrecito quiere burlarse de nosotros.

Regresaron y le cuchichearon:

—Vamos, nada de bromas y pásanos alguna cosa.

Entonces, Pulgarcito se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—Sí, quiero darles todo: introduzcan sus manos.

La cocinera, que ahora sí oyó perfectamente, saltó de su cama y se acercó ruidosamente a la puerta. Los ladrones, atemorizados, huyeron como si llevasen el diablo tras de sí, y la criada, que no distinguía nada, fue a encender una vela. Cuando volvió, Pulgarcito, sin ser descubierto, se había escondido en el granero. La sirvienta, después de haber inspeccionado en todos los rincones y no encontrar nada, acabó por volver a su cama y supuso que había soñado con ojos y orejas abiertos. Pulgarcito había trepado por la paja y en ella encontró un buen lugarcito para dormir. Quería descansar ahí hasta que amaneciera y después volver con sus padres, pero aún le faltaba ver otras cosas, antes de poder estar feliz en su hogar.

Como de costumbre, la criada se levantó al despuntar el día para darles de comer a los animales. Fue primero al granero, y de ahí tomó una brazada de paja, justamente de la pila en donde Pulgarcito estaba dormido. Dormía tan profundamente que no se dio cuenta de nada y no despertó hasta que estuvo en la boca de la vaca que había tragado la paja.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Cómo pude caer en este molino triturador?

Pronto comprendió en dónde se encontraba. Tuvo buen cuidado de no aventurarse entre los dientes, que lo hubieran aplastado; mas no pudo evitar resbalar hasta el estómago.

—He aquí una pequeña habitación a la que se omitió ponerle ventanas —se dijo—Y no entra el sol y tampoco es fácil procurarse una luz.

Esta morada no le gustaba nada, y lo peor era que continuamente entraba más paja por la puerta y que el espacio iba reduciéndose más y más. Entonces, angustiado, decidió gritar con todas sus fuerzas:

—¡Ya no me envíen más paja! ¡Ya no me envíen más paja!

La criada estaba ordeñando a la vaca y cuando oyó hablar sin ver a nadie, reconoció que era la misma voz que había escuchado por la noche, y se sobresaltó tanto que resbaló de su taburete y derramó toda la leche.

Corrió a toda prisa donde se encontraba el amo y él gritó:

—¡Ay, Dios mío! ¡Señor cura, la vaca ha hablado!

—¡Está loca! —respondió el cura, quien se dirigió al establo a ver de qué se trataba.

Apenas cruzó el umbral cuando Pulgarcito se puso a gritar de nuevo:

—¡Ya no me enviéis más paja! ¡Ya no me enviéis más paja!

Ante esto, el mismo cura tuvo miedo, suponiendo que era obra del diablo y ordenó que se matara a la vaca. Entonces se sacrificó a la vaca; solamente el estómago, donde estaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero. Pulgarcito intentó por todos los medios salir de ahí, pero en el instante en que empezaba a sacar la cabeza, le aconteció una nueva desgracia.

Un lobo hambriento, que acertó a pasar por ahí, se tragó el estómago de un solo bocado. Pulgarcito no perdió ánimo. “Quizá encuentre un medio de ponerme de acuerdo con el loboâ€, pensaba. Y, desde el fondo de su panza, su puso a gritarle:

—¡Querido lobo, yo sé de un festín que te vendría mucho mejor!

—¿Dónde hay que ir a buscarlo? —contestó el lobo.

—En tal y tal casa. No tienes más que entrar por la trampilla de la cocina y ahí encontrarás pastel, tocino, salchichas, tanto como tú desees comer.

Y le describió minuciosamente la casa de sus padres.

El lobo no necesitó que se lo dijeran dos veces. Por la noche entró por la trampilla de la cocina y, en la despensa, disfrutó todo con enorme placer. Cuando estuvo harto, quiso salir, pero había engordado tanto que ya no podía usar el mismo camino. Pulgarcito, que ya contaba con que eso pasaría, comenzó a hacer un enorme escándalo dentro del vientre del lobo.

—¡Te quieres estar quieto! —le dijo el lobo—. Vas a despertar a todo el mundo.

—¡Tanto peor para ti! —contestó el pequeño—. ¿No has disfrutado ya? Yo también quiero divertirme.

Y se puso de nuevo a gritar con todas sus fuerzas. A fuerza de gritar, despertó a su padre y a su madre, quienes corrieron hacia la habitación y miraron por las rendijas de la puerta. Cuando vieron al lobo, el hombre corrió a buscar el hacha y la mujer la hoz.

—Quédate detrás de mí —dijo el hombre cuando entraron en el cuarto—. Cuando le haya dado un golpe, si acaso no ha muerto, le pegarás con la hoz y le desgarrarás el cuerpo.

Cuando Pulgarcito oyó la voz de su padre, gritó:

—¡Querido padre, estoy aquí; aquí, en la barriga del lobo!

—¡Al fin! —dijo el padre—.¡Ya ha aparecido nuestro querido hijo!

Le indicó a su mujer que soltara la hoz, por temor a lastimar a Pulgarcito. Entonces, se adelantó y le dio al lobo un golpe tan violento en la cabeza que éste cayó muerto. Después fueron a buscar un cuchillo y unas tijeras, le abrieron el vientre y sacaron al pequeño.

—¡Qué suerte! —dijo el padre—. ¡Qué preocupados estábamos por ti!

—¡Si, padre, he vivido mil desventuras. ¡Por fin, puedo respirar el aire libre!

—Pues, ¿dónde te metiste?

—¡Ay, padre!, he estado en la madriguera de un ratón, en el vientre de una vaca y dentro de la panza de un lobo. Ahora, me quedaré a vuestro lado.

—Y nosotros no te volveríamos a vender, aunque nos diesen todos los tesoros del mundo.

Abrazaron y besaron con mucha ternura a su querido Pulgarcito, le sirvieron de comer y de beber, y lo bañaron y le pusieron ropas nuevas, pues las que llevaba mostraban los rastros de las peripecias de su accidentado viaje.

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La Cigarra Y La Hormiga

la cigarra y la hormiga

El invierno sería largo y frío. Nadie sabía mejor que la hormiga lo mucho que se había afanado durante todo el otoño, acarreando arena y trozos de ra-mitas de aquí y de allá. Había excavado dos dormitorios y una cocina flamantes, para que le sirvieran de casa y, desde luego, almacenado suficiente alimento para que le durase hasta la primavera. Era, probablemente, el trabajador más activo de los once hormigueros que constituían la vecindad.

Se dedicaba aún con ahínco a esa tarea cuando, en las últimas horas de una tarde de otoño, una aterida cigarra, que parecía morirse de hambre, se acercó renqueando y pidió un bocado. Estaba tan flaca y débil que, desde hacía varios días, sólo podía dar saltos de un par de centímetros. La hormiga a duras penas logró oír su trémula voz.

—¡Habla! —dijo la hormiga—. ¿No ves que estoy ocupada? Hoy sólo he trabajado quince horas y no tengo tiempo que perder.

Escupió sobre sus patas delanteras, se las restregó y alzó un grano de trigo que pesaba el doble que ella. Luego, mientras la cigarra se recostaba débilmente contra una hoja seca, la hormiga se fue de prisa con su carga. Pero volvió en un abrir y cerrar de ojos.

— ¿Qué dijiste? — preguntó nuevamente, tirando de otra carga —. Habla más fuerte.

— Dije que… ¡Dame cualquier cosa que te sobre! —rogó la cigarra —. Un bocado de trigo, un poquito de cebada. Me muero de hambre.

Esta voz la hormiga cesó en su tarea y, descansando por un momento, se secó el sudor que le caía de la frente.

— ¿Qué hiciste durante todo el verano, mientras ye trabajaba? — preguntó.

— Oh… No vayas a creer ni por un momento que estuve ociosa — dijo la cigarra, tosiendo —. Estuve cantando sin cesar. ¡Todos los días!

La hormiga se lanzó como una flecha hacia otro grano de trigo y se lo cargó al hombro.

— Conque cantaste todo el verano —repitió—. ¿Sabes qué puedes hacer?

Los consumidos ojos de la cigarra se iluminaron.

—No —dijo con aire esperanzado—. ¿Qué?

—Por lo que a mí se refiere, puedes bailar todo el invierno —replicó la hormiga.

Y se fue hacia el hormiguero más próximo…, a llevar otra carga.

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