Trabajó durante horas, tallando cuidadosamente cada detalle. Cuando llegó a la boca, el tÃtere comenzó a hacer muecas a Geppetto. – “¡No, niño travieso,” – Geppetto reprendió, – Deja de hacer eso de una vez! -
- No voy a parar! – gritó Pinocho.
- Usted puede hablar! – exclamó Geppetto.
-Â Por supuesto que puede, tonto – dijo la marioneta. – “Me has dado una boca para hablar.”
- Pinocho, este no es el tiempo de bailar”, – explicó Geppetto – “Tienes que descansar por la noche. Mañana empezaras la escuela con niños reales. Aprenderás muchas cosas, incluyendo cómo se comportan”.
En su camino a la escuela en la mañana siguiente, Pinocho se detuvo a ver un espectáculo de tÃteres.
- Yo puedo bailar y cantar mejor que los tÃteres y no necesito cadenas “, – se jactó de Pinocho.
Subió al escenario.
- ¡Fuera de mi escenario – rugió el maestro de marionetas – Entonces se dio cuenta de lo mucho que la gente le gustaba Pinocho. Él no dijo nada y dejo que Pinocho se quedara.
- Pinocho, te has ganado cinco monedas de cobre. Toma estas monedas y vete directamente a tu casa – dijo el maestro de marionetas. Pinocho puso las monedas dentro de su saco.
Pinocho no fue muy lejos antes de encontrarse con un zorro cojo y un gato ciego. Sabiendo que Pinocho tenÃa dinero, pretendieron ser su amigo.
- Ven con nosotros. Vamos a enseñarle a su vez las piezas de cobre en oro-insistió el gato furtivo.
- Queremos ayudarle a ser rico. Planta de sus monedas debajo de este árbol mágico. En un par de horas se convertirán en oro – dijo el Zorro –
El gato y el zorro señalaron un pedazo de tierra suelta. Pinocho cavó un agujero y colocó el saco en el hueco, luego marcó el lugar con una piedra.
- Danos el dinero! – le ordenaron. Pero Pinocho coloco el saco de dinero entre sus dientes y se resistió a darles el saco a ellos. Una vez más le ordenaron – Danos el dinero! -
El hada guardián de Pinocho, que estaba vestida de azul y tenÃa el pelo azul, envió a su perro, Rufo, a perseguir a el zorro y el gato fuera del alcance de Pinocho.  Ella ordenó a Rufus que llevara a Pinocho a su castillo.
- Cada vez que dices una mentira, su nariz crecerá – contestó el hada – Cuando digas la verdad se reducirá – dijo el Hada Azul.
- Pinocho, sólo puede convertirse en un niño de verdad si aprendes a ser valiente, honesto y generoso -
El Hada Azul le dijo a Pinocho a fuera a su casa y no detenerse por ninguna razón. Pinocho trató de recordar lo que dijo el Hada Azul.
En el camino a su casa se encontró con algunos niños. – Ven con nosotros – dijeron los muchachos. – Sabemos de un lugar maravilloso lleno de juegos, tortas gigantes, muchos dulces, y los circos.-
Los niños no sabÃan que si eran malos, se convertirÃan en burros y entrenados para trabajar en el circo.
Por fin en casa, Geppetto metió a Pinocho en su cama y le dijo; – Pinocho, hoy has sido  valiente, honesto y generoso. Tú eres mi hijo y Te amo -
Pinocho recordó lo que el Hada Azul le dijo; – Padre, ahora que me he probado mi valor, estoy esperando que algo suceda – susurró mientras se quedó dormida.
A la mañana siguiente Pinocho bajó corriendo las escaleras, saltando y agitando los brazos. El corrió a Geppetto gritando, – ¡Mira padre, yo soy un niño de verdad! -
Al final, Wendy decide que su verdadero espacio para vivir se encuentra en su hogar al lado de sus padres y por ello lleva a sus hermanos de regreso a Londres, mientras que Peter Pan se queda en Nunca Jamás, prometiendo a su compañera de juegos volver repetidamente a visitarla.
[editar] Personajes
Es un niño de 13 años, pelo rubio, castaño y ojos verdes, aunque en los otros libros, sus ojos son azules. Es valiente, orgulloso y arrogante, en varios libros se habla que olvida fácilmente a personas o cosas que vio hasta un momento atrás.
Peter vuela hasta la ventana de los Darling, porque le gustaban los cuentos de Wendy, pero es la Sra. Darling Continue leyendo …
Érase una vez una viuda que vivÃa con su hijo, Aladino. Un dÃa, un misterioso extranjero ofreció al muchacho una moneda de plata a cambio de un pequeño favor y, como eran muy pobres, aceptó.
—¡No recuerdo haber visto esta cueva! —exclamó el joven—. ¿Siempre ha estado ah�
El extranjero, sin responder a su pregunta, le dijo:
—Quiero que entres por esta abertura y me traigas mi vieja lámpara de aceite. Lo harÃa yo mismo si la entrada no fuera demasiado estrecha para mÃ.
—Algo más —agregó el extranjero—. No toques nada más, ¿me has entendido? Quiero únicamente que me traigas mi lámpara de aceite.
El tono de voz con que el extranjero le dijo esto último alarmó a Aladino. Por un momento pensó en huir, pero cambio de idea al recordar la moneda de plata y toda la comida que su madre podÃa comprar con ella.
«Si el extranjero solo quiere su vieja lámpara —pensó Aladino—, o está loco o es un brujo. Hmm, ¡tengo la impresión de que no está loco! ¡Entonces es un …!».
—¡La lámpara! ¡Tráemela inmediatamente! —gritó el brujo impaciente.
—¡No! ¡Primero dame la lámpara! —exigió el brujo cerrándole el paso.
—¡No! —se negó Aladino.
—¡Peor para ti! —exclamó el brujo empujándolo nuevamente dentro de la cueva. Pero al hacerlo perdió el anillo que llevaba en el dedo, el cual rodó hasta los pies de Aladino.
En ese momento se oyó un fuerte ruido. Era el brujo que hacia rodar una roca para bloquear la entrada de la cueva.
Una oscuridad profunda invadió el lugar y Aladino tuvo miedo. ¿Se quedarÃa atrapado allà para siempre? Sin pensarlo, recogió el anillo y se lo puso en el dedo. Mientras pensaba en la forma de escaparse, distraÃdamente le daba vueltas y vueltas.
De repente, la cueva se lleno de una intensa luz rosada y un genio sonriente apareció.
Inmediatamente, aparecieron delante de ellos fuentes llenas de exquisitos manjares. Aladino y su madre comieron muy bien ese dÃa y, a partir de entonces, todos los dÃas durante muchos años.
Aladino creció y se convirtió en un joven apuesto, y su madre no tuvo necesidad de trabajar para otros. Se contentaban con muy poco y el genio se encargaba de suplir todas sus necesidades.
Un dÃa, cuando Aladino se dirigÃa al mercado, vio a la hija del Sultán que se paseaba en su litera. Una sola mirada le bastó para quedar locamente enamorado de ella. Inmediatamente corrió a su casa para contárselo a su madre:
Como era costumbre llevar un presente al Sultán, pidieron al genio un cofre de hermosas joyas. Aunque muy impresionado por el presente el Sultán preguntó:
—¿Cómo puedo saber si tu hijo es lo suficientemente rico como para velar por el bienestar de mi hija? Dile a Aladino que, para demostrar su riqueza, debe enviarme cuarenta caballos de pura sangre cargados con cuarenta cofres llenos de piedras preciosas y cuarenta guerreros para escoltarlos.
La madre desconsolada, regreso a casa con el mensaje.
—¿Dónde podemos encontrar todo lo que exige el Sultán? —preguntó a su hijo.
—Tal vez el genio de la lámpara pueda ayudarnos —contestó Aladino. Como de costumbre, el genio sonrió e inmediatamente obedeció las órdenes de Aladino.
Instantáneamente, aparecieron cuarenta briosos caballos cargados con cofres llenos de zafiros y esmeraldas. Esperando impacientes las órdenes de Aladino, cuarenta jinetes ataviados con blancos turbantes y anchas cimitarras, montaban a caballo.
Aladino nunca habÃa confiado a Halima el secreto de la lámpara y ahora era demasiado tarde.
El brujo froto la lámpara y dio una orden al genio. En una fracción de segundos, Halima y el palacio subieron muy alto por el aire y fueron llevados a la tierra lejana del brujo.
—¡Shhh! No digas una palabra hasta que encontremos una forma de escapar —susurró Aladino. Juntos trazaron un plan. Halima debÃa encontrar la manera de envenenar al brujo. El genio del anillo les proporciono el veneno.
Esa noche, Halima sirvió la cena y sirvió el veneno en una copa de vino que le ofreció al brujo.
Aladino entró presuroso a la habitación, tomó la lámpara que se encontraba en el bolsillo del brujo y la frotó con fuerza.
—¡Cómo me alegro de verte, mi buen Amo! —dijo sonriendo—. ¿Podemos regresar ahora?
—¡Al instante! —respondió Aladino, y el palacio se elevó por el aire y flotó suavemente hasta el reino del Sultán.
El Sultán y la madre de Aladino estaban felices de ver de nuevo a sus hijos. Una gran fiesta fue organizada, a la cual fueron invitados todos los súbditos del reino para festejar el regreso de la joven pareja.
Aladino y Halima vivieron felices y sus sonrisas aún se pueden ver cada vez que alguien hace brillar una vieja lámpara de aceite. TÃtulo: Aladino y la lámpara maravillosa Autor: Anónimo
Sinopsis:
Aladino es un joven humilde que vive con su madre viuda. Un ambicioso mago, que busca la forma de apoderarse de una legendaria lámpara mágica, persuade a Aladino para que le ayude a conseguirla. Pero será Aladino quien se quede con ella, consiguiendo por medio de su poder adquirir la riqueza suficiente para poder casarse con la hija del sultán, de la que estaba enamorado. Sin embargo, el mago no se resistió a perder la lámpara, y bajo una treta, la recuperó. Aladino lo hubiera perdido todo si no fuera por la ayuda del genio del anillo.
—Puede que seas veloz como el viento, pero yo te ganarÃa en una carrera.
Y la liebre, totalmente segura de que aquello era imposible, aceptó el reto, y propusieron a la zorra que señalara el camino y la meta.
Llegado el dÃa de la carrera, arrancaron ambas al mismo tiempo. La tortuga nunca dejó de caminar y a su lento paso pero constante, avanzaba tranquila hacia la meta. En cambio, la liebre, que a ratos se echaba a descansar en el camino, se quedó dormida. Cuando despertó, y corriendo lo más velozmente que pudo, vio cómo la tortuga habÃa llegado a la meta y obtenido la victoria.
La Bella Durmiente es un cuento de hadas popular europeo nacido de la tradición oral, las versiones más conocidas son las escritas por Charles Perrault en su libro “Cuentos de Mamá Ganso” publicado en 1697: “Belle au Bois Dormant”(La Bella Durmiente del Bosque) y la de los Hermanos Grimm: “Dornröschen”(Bella Durmiente).
La última de las hadas buenas, que aún no habÃa dado su regalo, dijo con, voz dulce: – Majestades, vuestra hija se pinchará el dedo con una aguja, pero no morirá. Dormirá profundamente y pasados cien años un prÃncipe la despertará.
El rey, asustado, ordenó que se destruyeran todas las agujas del reino.
Entonces… ¡Se pinchó en el dedo, tal como habÃa predicho el hada malvada! Al instante, la princesita cayó al suelo y quedó profundamente dormida.
El Rey, desconsolado, trasladó a la bella Princesa y la a acostó en su hermoso lecho de oro y plata. Enseguida, mandó llamar al hada buena que, al ver la gran tristeza de todos los habitantes del castillo, dijo al rey: – Majestad: para que nuestra Princesa no se encuentre sola en el sueño, dormirán todos, y no despertarán hasta que termine el largo sueño de ella.
Tras haber pronunciado estas palabras, todos en el castillo cayeron dormidos. A partir de aquel momento, un bosque mágico cubrió el castillo.
Y asà pasaron cien años hasta que un apuesto prÃncipe, montado en su corcel, paso cerca del lugar. Entonces, como por ensalmo, el caballo se detuvo. Tan pronto como desmontó el PrÃncipe, el bosque impenetrable se abrió ante sus ojos y vio el castillo. El PrÃncipe, intrigado, entró en aquel lugar, donde todo el mundo parecÃa dormir.
Cuando llegó al magnÃfico lecho de oro y plata, la hermosa Princesa dormÃa. Asombrado por su belleza, se inclinó y posó suavemente sus labios sobre las rosadas mejillas de la hermosa joven.
¡Todos comenzaron a bailar de alegrÃa! Al dÃa siguiente, los festejos terminaron con una gran boda que unió para siempre a la Princesa y el apuesto PrÃncipe enamorados.
Durante muchos dÃas, el hermoso velero en el que viajaba Gulliver habÃa navegado plácidamente hasta que, al aventurarse por las aguas de las Indias Orientales, una violentÃsima tempestad empezó a zarandear el barco como si fuera una cascara de nuez. Impresionantes olas barrÃan la cubierta y abatÃan los mástiles con sus velas. Al llegar la noche, una gigantesca ola levantó el barco por la parte de popa y lo lanzó de proa contra el hirviente remolino entre un espantoso crujir de maderas y los gritos de los hombres.
-¡Sálvese quien pueda! – Gritó el capitán.
No hubo ni tiempo de arrojar los botes al agua y cada uno trató de ponerse a salvo alejándose del barco que se hundÃa por momentos.
El sol habÃa empezado a calentar cuando un viejecito que se apoyaba en un diminuto bastón, toco sin querer la nariz del prisionero, que estornudó aparatosamente.
¡Que conmoción! Muchos hombres salieron despedidos, otros emprendieron la huida. Gulliver notó que delgadas cuerdas lo sujetaban y sintió algo que le pasaba sobre el pecho; dirigió la mirada hacia abajo y descubrió una diminuta criatura con arco y flecha en las manos y un carcaj a la espalda. No menos de otros cuarenta seres similares corrÃan por su cuerpo.
En su prisa por huir, algunos rodaron y se hicieron numerosos coscorrones. Muertos de miedo, los liliputienses fueron a esconderse tras las rocas, los árboles o en las madrigueras.
Sin más que un pequeño esfuerzo se incorporó, haciendo saltar las cuerdas. Y al observar de reojo el temor con que se le contemplaba, fue incapaz de contener la risa.
Quizá porque le vieron reÃr y porque no se levantaba, los liliputienses avanzaron un poquito hacia el extraño visitante.
- Acercaos, no soy ningún ogro – dijo Gulliver.
Pero se dio cuenta de que no le entendÃan y fue probando con los muchos idiomas que conocÃa hasta acertar con el utilizado en Liliput.
- Hola amigos…
Los liliputienses vieron en estas dos palabras buena voluntad y se acercaron un poco más. Por otra parte, como jamás habÃan visto gigante alguno, tampoco querÃan perderse el acontecimiento.
Pero el náufrago estaba hambriento y, con su mejor sonrisa, dijo:
- Amigos, os agradecerÃa que me trajerais algo de comer.
Un poco por la sonrisa y otro poco porque les convenÃa conquistar su favor, los hombrecillos le aseguraron que iba a estar muy bien servido. Con gran presteza le presentaron una opÃpara comida. Cierto que los bueyes de Liliput eran como gorriones para el visitante y necesitó unos pocos para saciar su apetito. En cuanto a los barriles de vino, se le antojaban dedales e iba despachando cuantos le servÃan con la mayor facilidad.
Mientras comÃa, los liliputienses se dedicaron a contarle su vida y milagros. Supo el viajero que estaban gobernados por LilipÃn I, rey justo y bueno y que por aquellos dÃas se hallaban en guerra con los enanos del paÃs vecino. Esta situación les afligÃa mucho.
- ¡Mirad! – Anunció un enano pelirrojo. Ahà llegan Sus Majestades.
En efecto, los monarcas, rodeados de toda su corte, se acercaban deferentes, tras abandonar su lindo carruaje en el que llegaron, curiosamente arrastrado por seis ratones blancos.
La reverencia con que Gulliver recibió a los soberanos agradó mucho al rey LilipÃn y extasió a la reina Lilipina. Pronto el rey y el viajero entablaron una animada conversación.
- Veo que posees una gran inteligencia, Gulliver, y espero que te agrade el favor que mis súbditos te dispensan. Todos deseamos que te encuentres en Liliput como en tu propia casa.
- Estoy muy agradecido, Majestad – respondió Gulliver, inclinándose.
- Ejem… Si alguien atacara tu casa la defenderÃas. ¿No es asÃ?
- Asà es, Majestad, pero… no os comprendo…
Entonces el soberano, con aire doliente, explicó al visitante el problema que le habÃa caÃdo encima a causa de su guerra con los enanos del paÃs vecino. Y como Gulliver habÃa cobrado simpatÃa a los liliputienses, replicó:
-En este momento me considero en mi casa, señor; por lo tanto, voy a defenderla. ¿Dónde están los enemigos de Liliput, que desde ahora lo son mÃos?
En ese momento, a galope de un caballo diminuto, se presentó un despavorido mensajero.
-¡Majestad! – anunció, casi sin aliento-. ¡Sucede algo espantoso! La flota enemiga se está acercando a nuestra isla, dispuesta a atacarnos.
El rey y Gulliver seguidos de algunos cortesanos, subieron a un montecillo desde el que se divisaba el horizonte; sobre las olas pudieron descubrir cientos y cientos de diminutos barcos, muy bien pertrechados, rumbo a Liliput.
- ¡No podremos hacerles frente! – se lamentaban los liliputienses.
- ¡Acabarán con todos nosotros!
Gulliver, sereno y arrogante, dijo:
- Tranquilos, amigos; permitid que sea yo quien reciba a la flota. Os aseguro que van a conocer la derrota. Y ahora id a refugiaos en el bosque y dejadme solo.
Ante el asombro general, le vieron entrar en el agua y, sin mas que alargar los brazos, fue apoderándose de los barcos enemigos con sus enormes manos. Enseguida empezó a repartir los barcos por sus ropas, como su fueran avellanas, con sus guerreros dentro. Se llenó los bolsillos y, los que sobraron, los colgó de los botones de su levita y hasta puso alguno en los lazos de los zapatos. Regresó luego a la playa y fue colocando los barquitos en hilera. Bien dispuestos ya y plantado ante ellos, Gulliver exigió:
- ¡RÃndanse si no quieren perecer!
Naturalmente, más muertos que vivos, los enemigos de Liliput se rindieron como un solo hombre.
Las gentes, delirantes de entusiasmo, atronaron la playa con sus aclamaciones. Los más ancianos abrazaban a sus hijos, que ya no tendrÃan que enzarzarse en guerras, puesto que el enemigo estaba vencido. Las mujeres lloraban y reÃan a un tiempo.
- Agradezco el honor, Majestad, pero creo que no vais a necesitar más generales. El enemigo está vencido y espero que vuestras guerras hayan terminado para siempre.
Asà sucedió y los dos monarcas firmaron una paz duradera y hasta intercambiaron regalos. Luego, el propio Gulliver puso los barquitos en el agua, con sus tripulaciones dentro y despidió la flota vencida agitando su mano.
- Es un poco raro el gigante – pensaba el rey LilipÃn I, sin comprender del todo tanta generosidad.
Con frecuencia atisbaba el horizonte desde un montÃculo y cierto dÃa apareció el ansiado barco no lejos de la costa y el viajero le hizo señales para que se aproximara.
El velero se acercó a la playa y Gulliver se despidió de sus amigos.
Los reyes y el pueblo entero le entregaron regalos, todos diminutos, pero muy apreciados por el viajero. Con verdadero afecto estuvieron en la playa, agitando sus manos, hasta que vieron la silueta graciosa del velero perderse en la lejana bruma
Casi sin aliento, con el lobo pegado a sus talones, llegaron a la casa del hermano mayor.
Los tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y ventanas. El lobo se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún sitio por el que entrar. Con una escalera larguÃsima trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea. Pero el cerdito mayor puso al fuego una olla con agua. El lobo comilón descendió por el interior de la chimenea, pero cayó sobre el agua hirviendo y se escaldó.
Escapó de allà dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer cerdito.
—Es tal como lo habÃamos deseado —dijo—. Va a ser nuestro querido hijo, nuestro pequeño.
Y debido a su tamaño lo llamaron Pulgarcito. No le escatimaban la comida, pero el niño no crecÃa y se quedó tal como era cuando nació. Sin embargo, tenÃa ojos muy vivos y pronto dio muestras de ser muy inteligente, logrando todo lo que se proponÃa.
Un dÃa, el campesino se aprestaba a ir al bosque a cortar leña.
—Ojalá tuviera a alguien para conducir la carreta —dijo en voz baja.
—¡Está bien! —contestó el padre, probaremos una vez.
Cuando llegó la hora, la madre enganchó la carreta y colocó a Pulgarcito en la oreja del caballo, donde el pequeño se puso a gritarle por dónde debÃa ir, tan pronto con “¡Hejjj!â€, como un “¡Arre!â€. Todo fue tan bien como con un conductor y la carreta fue derecho hasta el bosque. Sucedió que, justo en el momento que rodeaba un matorral y que el pequeño iba gritando “¡Arre! ¡Arre!†, dos extraños pasaban por ahÃ.
Cumplieron su deseo, y cuando Pulgarcito se hubo despedido de su padre se pusieron todos en camino. Viajaron hasta que anocheció y Pulgarcito dijo entonces:
El hombre tomó de su sombrero a Pulgarcito y lo posó en un campo al borde del camino. Por un momento dio saltitos entre los terrones de tierra y, de repente, enfiló hacia un agujero de ratón que habÃa localizado.
—¡Buenas noches, señores, sigan sin mÃ! —les gritó en tono burlón.
Acudieron prontamente y rebuscaron con sus bastones en la madriguera del ratón, pero su esfuerzo fue inútil. Pulgarcito se introducÃa cada vez más profundo y como la oscuridad no tardó en hacerse total, se vieron obligados a regresar, burlados y con la bolsa vacÃa. Cuando Pulgarcito se dio cuenta de que se habÃan marchado, salió de su escondite.
“Es peligroso atravesar estos campos de noche, cuando más peligros acechanâ€, pensó, “se puede uno fácilmente caer o lastimarâ€.
Felizmente, encontró una concha vacÃa de caracol.
Como de costumbre, la criada se levantó al despuntar el dÃa para darles de comer a los animales. Fue primero al granero, y de ahà tomó una brazada de paja, justamente de la pila en donde Pulgarcito estaba dormido. DormÃa tan profundamente que no se dio cuenta de nada y no despertó hasta que estuvo en la boca de la vaca que habÃa tragado la paja.
—¡Dios mÃo! —exclamó—. ¿Cómo pude caer en este molino triturador?
Pronto comprendió en dónde se encontraba. Tuvo buen cuidado de no aventurarse entre los dientes, que lo hubieran aplastado; mas no pudo evitar resbalar hasta el estómago.
—He aquà una pequeña habitación a la que se omitió ponerle ventanas —se dijo—Y no entra el sol y tampoco es fácil procurarse una luz.
—¡Ya no me envÃen más paja! ¡Ya no me envÃen más paja!
La criada estaba ordeñando a la vaca y cuando oyó hablar sin ver a nadie, reconoció que era la misma voz que habÃa escuchado por la noche, y se sobresaltó tanto que resbaló de su taburete y derramó toda la leche.
Ante esto, el mismo cura tuvo miedo, suponiendo que era obra del diablo y ordenó que se matara a la vaca. Entonces se sacrificó a la vaca; solamente el estómago, donde estaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero. Pulgarcito intentó por todos los medios salir de ahÃ, pero en el instante en que empezaba a sacar la cabeza, le aconteció una nueva desgracia.
Un lobo hambriento, que acertó a pasar por ahÃ, se tragó el estómago de un solo bocado. Pulgarcito no perdió ánimo. “Quizá encuentre un medio de ponerme de acuerdo con el loboâ€, pensaba. Y, desde el fondo de su panza, su puso a gritarle:
—¿Dónde hay que ir a buscarlo? —contestó el lobo.
—En tal y tal casa. No tienes más que entrar por la trampilla de la cocina y ahà encontrarás pastel, tocino, salchichas, tanto como tú desees comer.
Y le describió minuciosamente la casa de sus padres.
El lobo no necesitó que se lo dijeran dos veces. Por la noche entró por la trampilla de la cocina y, en la despensa, disfrutó todo con enorme placer. Cuando estuvo harto, quiso salir, pero habÃa engordado tanto que ya no podÃa usar el mismo camino. Pulgarcito, que ya contaba con que eso pasarÃa, comenzó a hacer un enorme escándalo dentro del vientre del lobo.
—¡Te quieres estar quieto! —le dijo el lobo—. Vas a despertar a todo el mundo.
Y se puso de nuevo a gritar con todas sus fuerzas. A fuerza de gritar, despertó a su padre y a su madre, quienes corrieron hacia la habitación y miraron por las rendijas de la puerta. Cuando vieron al lobo, el hombre corrió a buscar el hacha y la mujer la hoz.
—Y nosotros no te volverÃamos a vender, aunque nos diesen todos los tesoros del mundo.
Abrazaron y besaron con mucha ternura a su querido Pulgarcito, le sirvieron de comer y de beber, y lo bañaron y le pusieron ropas nuevas, pues las que llevaba mostraban los rastros de las peripecias de su accidentado viaje.
El invierno serÃa largo y frÃo. Nadie sabÃa mejor que la hormiga lo mucho que se habÃa afanado durante todo el otoño, acarreando arena y trozos de ra-mitas de aquà y de allá. HabÃa excavado dos dormitorios y una cocina flamantes, para que le sirvieran de casa y, desde luego, almacenado suficiente alimento para que le durase hasta la primavera. Era, probablemente, el trabajador más activo de los once hormigueros que constituÃan la vecindad.